“La libertad, señores (habla Mairena a sus alumnos), es un problema metafísico. Hay, además, el liberalismo, una invención de los ingleses, gran pueblo de marinos, boxeadores e ironistas”.

Juan de Mairena, Antonio Machado

jueves, 4 de diciembre de 2014

Fuego y agua

El tren me llevaba a una nueva estación, una estación mal recordada pero que ahora pretendía hacerla mía. Llevaba días pensando en aquello, bajar de aquel tren por un tiempo no calculado. Las sombras se perpetraban en un horizonte que dejaba atrás, agonizando el viento que empujaba aquellas oscuras sombras, yo y el tren salimos del túnel que había enfrascado las ideas y los deseos, que antes de eso se habían agolpado en mí como cuando una muchedumbre cae con inercia hambrienta ante la puerta de los grandes almacenes en pos de la ceguera y la inmundicia. Habiendo dejado eso atrás, llegué a aquella estación. Era la hora y tantos minutos en que el tiempo se paró.
 Cuando bajé al andén y me encontré con el destino, no pude dejar de sonreír en dos siglos, o al menos eso me pareció en el tiempo que compartimos. Años y minutos de ojos enraizados, unidos el uno al otro como las raíces de un árbol que se agarran al suelo. Entre las piernas y los abrazos no había espacio para nada más, el aire se había consumido, y el hombre agua y la mujer fuego se dibujaron en un cuadro de tantos matices que aquella obra nunca pudo interpretada.

Volví al tren, y ya no había nubes negras ni cuervos blancos, sino el horizonte reflejado en el espejo de la memoria que recuerda aquellos momentos. En las próximas estaciones surcaré despacio las orillas de la memoria, siguiendo el mar que nos espera, violento y calmado, que sin miedo azota la tierra. Y montaremos juntos en él, en el océano de palabras y caricias que alguna vez nos guardamos, y que ahora se destapa como el volcán que derrama el fuego en el agua, creando una nueva tierra, y en ella estarán todas las estaciones que nos quedan por recorrer, esta vez juntos. 

lunes, 27 de octubre de 2014

La ventana

Los días pasaban por la ventana como un sueño sin rumbo, en un segundo todo puede acabar y sin querer me comía los paisajes como un vagabundo con hambre, sediento de tus besos y tus ojos reflejados. Era de día y de noche a la vez, y las miradas no existían y el aroma de tu piel era ya algo mal recordado.
Pasaban las estaciones del viaje como algo inesperado e incontrolable, sin poder detener el tiempo cuando nos besamos. Hoy me desperté sonámbulo y al mirar otra vez por la ventana del tren, solamente pensaba en la otra noche, parados en el aquel andén, deseándote como el niño que era, como el juguete que recibiera en mi cumpleaños, antaño en la infancia, invadido por la nostalgia y el deseo. Y sin poder jurar o prometer con los labios cegados en un beso, nos dijimos adiós. Pensando en tus pasos cercanos volviendo hacia a mí otra vez.

Allí en la noche no existía ni el hambre ni la sed, ni tampoco agua o amor que la saciara. Juntos por un momento, la distancia era algo impensable para nosotros. Y ahora que tantos kilómetros nos separan, sólo te veo tras la ventana, y en la oscuridad del paisaje eres como una luciérnaga que ilumina aquel recuerdo, con una tenue luz que indica el final del túnel,  y al final del viaje siempre estás tú, tras los cristales rotos y los sueños sin techo. Eso espero al mirar otra vez por la ventana.

martes, 7 de octubre de 2014

el Memorial

Hace dos años, en una de mis paradas, conocí a un personaje. Su nombre era Francois Didot, de ciento cinco años de edad. Este anciano pasaba las últimas horas de su infructuosa vida apostado en la ventana de su casa situada en una esquina de la plaza de Luxemburg. A pesar de su edad, desde aquella perspectiva podía observar, calcular y controlar el día a día de cada habitante de la región. Pero aún más allá de eso, Francois conocía la procedencia de cada visitante que pasaba por aquel pueblecito francés.  De esto último puedo dar fe de ello.  Al día siguiente de mi bajada en la estación y después de mi primer paseo por el pueblo paré en la pequeña plaza en la que Monsieur Didot era el guardián, pudiendo notar su mirada penetrante e inquisidora en mis pausados y ajenos pasos.
El vacío y la soledad que lo arrastraba cada mañana a esa profunda depresión que lo había convertido en un lobo solitario y huraño, lo compensaba con una aciaga y desesperada curiosidad que alimentaba cada vez más sus propias obsesiones. Desde aquella ventana Francois Didot en algún segundo esquizofrenoide había soñado con volar, pero aquel pensamiento estaba más allá de su propio entendimiento, pues aquel hombre solitario nunca había salido de la región. Más bien, llevaba sesenta años sin salir de aquel pequeño pueblecito.
Desde aquella ventana había perdido el sentido del tiempo, viendo pasar los pájaros estacionales con los ojos de un niño, había sentido su corazón salirse de su pecho, viendo pasar a Marie, una amiga de su infancia, de la que siempre había estado enamorado. Pero ahora aquel amor infantil se había convertido en una quemazón que le arrastraba aún más hacia la extrema soledad, pues en toda su vida Francois nunca había sentido el cariño de una mujer.
 Desde hacía ya casi sesenta años, el único lugar que le hacía volver en sí mismo y recordar algún tiempo de lucidez, era el Memorial de los Soldados. El 12 de septiembre de cada año iba  de visita a aquel monumento levantado en homenaje a los soldados aliados que habían muerto en la batalla de La Marne.
Hubert de Fels, un soldado del frente aliado que luchaba contra el avance alemán, salvó la vida del pequeño Francois. Al finalizar la guerra, los cadáveres se dispusieron en una línea interminable. Francois Didot, con cinco años de edad, fue una de las pocas personas que se acercaron hacia aquella carnicería para intentar identificar algún cadáver. Y allí lo encontró, con el torso destrozado. Su salvador se encontraba ahora entre la sangre y el barro. Francois nunca olvidaría aquella imagen. Y así, cada año el viejo iba al Memorial a visitar la tumba de aquel soldado.
 Marie en cambio, la imagen que recuerda de aquella guerra, era la de sus padres prometiéndole su reencuentro el día en que los padres de Marie la enviaron con su tía que vivía al sur de Paris, en un pueblecito cerca de Orleans. Tuvo que pasar la guerra y seis meses más, hasta que la noticia de la muerte de su familia llegara a Marie. La pequeña Marie pasó su infancia con su tía. Con la mayoría de edad Marie volvió definitivamente a su pueblo natal, y cada sábado iba a visitar las tumbas de sus padres.
Recuerdo que el  jueves 10 de septiembre, desperté temprano, los nítidos rayos de sol que entraron por la ventana de la habitación del hostal me animaron a salir a la calle. Extrañaba el tren, pero aquellos días en aquel pueblo francés me sirvieron para volver a darme cuenta de aquello que les pasa a las personas cuando se aferran a un lugar y a un pasado. Algunas de estas personas como Francois Didot se agarraban a algo que solo existía en su memoria, y vivían con la sed de los recuerdos, cada vez más agrios, cada vez más vagos. Aquella mañana, salí del hotel y me dirigía a la cafetería de la plaza Luxemburg. Entonces vi un revuelo de gente, más inquietos de lo normal, cuando llegué a la cafetería un grupo que estaba sentado en una mesa junto al mostrador vociferaban algo que iba a pasar este fin de semana. Entonces un chico entró apremiado en la cafetería, y dejó un cartel informativo en la pared. Ese cartel decía que el sábado 12 de septiembre, el presidente de la República venía a Dormans, a rendir homenaje a los soldados de la Primera Guerra Mundial. El mismo presidente, y su séquito de acólitos presidirían el acto conmemorativo, toda persona ajena al gobierno y a las autoridades locales tenía vetada la entrada.
Cuando salí de la cafetería pude ver a Francois en su ventana ofuscado, con una mirada iracunda, lanzaba palabras sordas e insultos ahogados en su desesperación, su vieja radio ya le había informado que aquel día, el 12 de septiembre, su día de reencuentro con su salvador, sería imposible acercarse a su tumba. Aquella mañana Francois cerró los postigos y se encerró en la oscuridad, pero la rabia no lo dejaría descansar.
La mañana del sábado 12 de septiembre se levantó gris, las nubes habían abandonado el verano y caían con toda su negrura sobre Dormans. Marie, se despertó temprano, y como cada sábado se preparaba para visitar las tumbas de sus familiares. Yo intenté mantenerme ajeno al gentío que abarrotaba el paso de la comitiva  del presidente. La pompa de coches oficiales llegaba desde las afueras cortando el paso y centrando toda la atención de los habitantes y curiosos. Las ventanas de la casa de Francois estaban cerradas.
Cuando los políticos y burgueses entraron en el recinto del Memorial de los Soldados, los curiosos abandonaron las calles. Las nubes negras descargaron una lluvia impía y grotesca anunciando los truenos. Nadie quedó para verla. Tal fue mi estupor que aun puedo recordar aquella sensación, cuando vi una figura negra, encorvada, recibiendo estoicamente la lluvia, delante del gran portal del Memorial, parado como una estatua. Entonces lo reconocí. Era Francois, el viejo que ya casi no podía sostenerse en pie, estaba allí. No sé si esperaba algo o no, pero allí estaba erguido como un soldado esperando la orden de disparar. Pero solamente iba armado con su bastón. Con lo que me pude acercar, pude ver como sus lágrimas se confundían con las gotas de lluvia en el rostro. Hubiera querido acercarme y hablarle, intentar convencerle de lo absurdo de aquello, pero sabía que para él toda aquella causalidad, sus recuerdos y sentimientos momificados, daban sentido a su finiquita existencia. No fui yo entonces, pero fue Marie que volvía del cementerio, cuando vio Francois allí parado, personificado en el sufrimiento. Fue aquel momento cuando Marie lo miró a los ojos, y vio aquel niño enfrascado en la tristeza. Aquel niño que solo había conocido una estación. Marie entonces lo agarró de la mano, y Francois salió por un segundo de su tristeza.
Hoy estoy aquí otra vez, por otra de aquellas casualidades de la vida, como aquellas que terriblemente arrastraron tantos años a Francois o a Marie. Pero mi paso será breve. Vi desde el tren el cartel de la estación de Dormans y no pude evitar hacer otra visita. Lo único que volví a saber de ellos es que se hicieron amigos, y sobrevivieron dos años más juntos, sin separarse jamás. Y hoy estoy en el cementerio de Dormans, delante de sus tumbas que quedaron unidas, tras muchas causas y casualidades, los unió el destino. No sé cuál será mío, pero lo que es seguro, es que no voy a esperarlo detrás de una ventana.





miércoles, 27 de agosto de 2014

Monólogo del sueño

Aún dormido pero con los ojos abiertos y la mirada perdida en el horizonte miro a través de la ventana del tren. Sueño con voces lejanas y puertas abiertas. Mientras el tren atrapa el paisaje, y lo engulle, yo pienso en un momento estático, un momento congelado. Mi conciencia mira atrás en un vuelo de recuerdos, no podía dormir.
Me levanté hacia las 3 y media de la madrugada, caminé por los pasillos del tren deambulando con una música en mi cabeza que me mantenía cuerdo. Saqué mi lápiz del bolsillo de mi abrigo y me puse a escribir, pero de pronto sentí la necesidad de caminar. No había ni un alma despierta pero yo sólo escuchaba ruido, ruido y música. Trompetas, guitarras y pianos se agolpaban en mi conciencia repleta de recuerdos y memoria. Me levanté a las 3 y media, o quizás esa era la hora que quería recordar porque de repente entonces vi pasar tras las ventanas una estación llena de letreros. Alguno de ellos me volvieron a recordar aquellos momentos congelados en la memoria, pero ninguno de aquellos mensajes fueron tan reales como los que me hicieron despertar del sueño, simplemente me sirvieron para recordar que la soledad es algo pasajero y que en el camino siempre vuelves a caer en la misma piedra, llena de asperezas, y llena de esperanzas. Y tras la poca lucidez que me quedaba en ese momento, solo pude atisbar dos pensamientos; el primero, que la razón no me había servido de nada en toda mi vida. El segundo, que por más que nos empeñemos mirada tras mirada, o sueño tras sueño, y detrás de nuestra conciencia más profunda, el ser humano siempre buscará la libertad de uno mismo.
Abofeteado en ese instante por aquellos pensamientos seguí mi camino ignorando los letreros y los mensajes e intenté permanecer inerte ante las advertencias de lucidez, evitando cualquier “diálogo visceral” para que el pálpito hiciera oido sordo a la razón.

  • Será ese el camino, dijo el pálpito.
  • ¿Y qué me importa?, dijo la razón. Debes de tener tu libertad, despierta.

viernes, 8 de agosto de 2014

Pristi Stanice (Ida y vuelta II)

De vuelta hacía el tren, iba sentado en un lateral del vagón del metro de aquella ciudad a la que había llegado días atrás. Vi un cartel luminoso en aquel idioma que anunciaba la próxima parada. Recordaba algunos momentos de los que pasamos juntos, pasajeros, dos desconocidos reencontrados. Cerré los ojos y allí estábamos, de pie, en la parte de atrás del tranvía que recorría la ciudad, éramos como aquellos niños que viajan por primera vez solos, expectantes, despreocupados, porque en realidad no sabíamos a dónde nos llevaba ese trayecto, tampoco nos importaba. Los puentes y las calles se sucedían como las venas de un cuerpo ya envejecido, pero con la misma vida de siempre; la memoria estaba en el suelo, en las paredes y en las miradas. De vez en cuando la música se entrelazaba entre el murmullo de la gente que permanecía atenta al devenir de la ciudad, en movimiento, recordada, amada. Al tiempo que transcurría nuestro paseo por la ciudad, la ciudad se movía alrededor nuestro como un carrusel, y nosotros lo contemplamos todo. El tiempo fue lo de menos, descubrí el reflejo del vacío por llenar. La había conocido poco tiempo atrás en nuestro tren, pero estaba dispuesto a llenar mi tiempo con ella. Andábamos, corríamos, parábamos y seguíamos adelante, sin esperar nada a cambio el uno del otro. Perdernos, encontrarnos, nos daba igual. Éramos ricos en nuestra forma de ser, porque no necesitábamos nada más que nuevas calles por recorrer.
Se me olvidó el significado de la palabra soledad. Una palabra buscada en ciertas ocasiones y que ahora se me hacía desconocida, muda, incomprendida. Tras sus palabras, tras sus reflexiones, descifrando las capas de memoria y recuerdos de la ciudad, de nuestras vidas, encontré algo más que un amor. Ella no era una respuesta, ni un consuelo, ni el premio de una búsqueda fútil. Más bien era un referente en el camino, cómo aquello que en la naturaleza te muestra el norte o el sur, una compañera de viaje que siempre te acompaña en una noche oscura.
Eran tiempos de cambio, nosotros vivíamos en un tren en movimiento, cambiando de estación, visitando nuevas paradas, y paradójicamente en aquel instante disfrutamos de un presente inerte, una memoria arraigada, implantada detrás de los siglos de historia. Pero la tomamos y le dimos la vuelta, pintamos las paredes con nuevas ideas, pensamientos y sueños propios, nuevos, nuestros.
Era la hora de volver, respirábamos el aliento de la despedida, pero como estamos de ida, igual estamos de vuelta, así que al final todo empieza otra vez, con ella en otra o en la misma ciudad, será la próxima parada, pristi stanice.



lunes, 21 de julio de 2014

Ida y vuelta

En un día que parecía noche, por la luz y la quietud del tren, y asomado por la ventana,  vi pasar los pájaros en sentido contrario al tren. Marchaban al sur, escapaban del frío invierno. Ellos siempre viajan al sur en invierno. Después de aquella visión me levanté del asiento, y anduve por el tren pensando en las estaciones pasadas, y las paradas realizadas. De pronto llegué a un pasillo completamente vacío, una puerta abierta dejaba ver una guitarra, de cuerdas gastadas, tan vieja que su madera parecía la piel de un humano, tumbada en el asiento como si estuviera dormida. Seguí caminando por el pasillo pero sin dejar de pensar en la guitarra. Fui al bar del tren para comprar cigarrillos, estaba solo. La gente parecía haber emigrado hacia algún lugar, o simplemente me habían dejado el espacio que buscaba mi soledad. Entonces una música comenzó a sonar por los pasillos del tren, una música familiar pero como nunca antes había sido tocada y nunca había sentido. Abandoné la soledad del bar y me dirigí hacia la música, apenas me había acercado ,podía reconocer que provenía de aquella guitarra. Por un momento dudé si quería realmente descubrir quién la tocaba, pero en aquel tren no había cabida para las dudas así que me asomé y vi una mujer. Cuánto más me acercaba parecía que ella no sentía mi presencia, así que me senté en frente. Saqué mi lápiz y comencé a escribir. Pasó el tiempo, unos minutos quizás, pero parecieron días. Ella continuó tocando, miraba por la ventana mientras tocaba, veía pasar los pueblos, las montañas y cuando el tren pasó cerca del mar, se quedó contemplándolo con mirada nostálgica. Yo mientras, con mi lápiz desgastado continuaba escribiendo historias mal recordadas.
-          Me trae grandes recuerdos, dijo ella sin más, refiriéndose al océano.
Y entonces comenzamos a hablar, dónde habíamos comenzado nuestro viaje, de las cosas viejas que tienen memoria, como su guitarra, cómo mi lápiz. Y de aquel viaje. De repente el tren se paró en una hermosa ciudad.
-          Al final de todo, lo bueno es estar en el camino, me dijo. Comenzar a viajar, moverse de un lugar a otro, y algún día, sin ningún plan, volver.
Sonreí mirando la ventana, - cómo aquellos pájaros que emigran, siempre volando, de ida y vuelta.

-          Exacto, dijo ella. ¿Vienes a ver la ciudad?
-          Ya la conocía, pero me encantaría volver.




viernes, 4 de julio de 2014

Jazmín (igual a Navidad)


En el descansito de un andén cualquiera, un olor familiar despertó mi conciencia. Encaramado en la esquina de un bar más grande de lo requerido, se encontraba un jazmín real ricamente decorado por sus flores expeditas, que más que belleza despedían una fragancia que me recordó a alguna noche de paseo en verano por mi ciudad natal. Aquel perfume me acompañó en la soledad y en la compañía de queridas amistades y amores mal recordados, me acompañó en caricias encontradas y en lágrimas mal buscadas.
Al final del trayecto o a la mitad de un largo viaje en tren por la vida, los más insignificantes recuerdos se alzan en rebeldía contra el viento de la fortuna, recordándonos que una vez fuimos débiles raíces que se alzaron en algún muro buscando nuevas vistas y horizontes. La belleza no se busca, sólo se encuentra, al igual que la nostalgia o la tristeza, encaramada a los vagos recuerdos y ensoñaciones que dejamos pasar de largo como se deja un tren en el andén de una vieja estación. Por ello, el breve instante que hace palpitar la memoria o que renace como brote verde desde la tierra dura y casi yerma, embriaga al más duro pecho o al más recio rostro.
A veces olvidamos como reconocer la belleza de un instante. Andamos por la vida como por un horizonte sin rumbo, como si el sol nunca se ocultara, creyendo que aquel desconocido del espejo iba a dejar algo más que un recuerdo.

O la brevedad de la belleza se admira, o estaremos malgastando pasos y expiraciones. Es cierto que con la madurez del árbol se aprecian más los frutos de la primavera, pero yo prefiero mirar por la ventana del tren y disfrutar plenamente de cada fragancia,  pensamiento o aliento compartido, revivir las estaciones de la vida una y otra vez, y confundir el verano con el invierno, pues si giramos como una noria creyendo que después de bajar vamos a subir, nos llevaríamos más de una decepción. Quiero pensar que los dioses nos tienen envidia porque aquel momento breve es mucho más bello, porque sea así de perecedero, como lo será este jazmín, aunque más que “real”, para mí es republicano.

para V

sábado, 26 de enero de 2013

El Niño Perdido


El tren se detuvo largo tiempo, los relojes se pararon hasta el momento en que las aves emprendieron el vuelo hacia el sur. Entonces, un destello tras la ventanilla del compartimento donde viajaba me hizo despertar de mi largo sueño. Por encima de las gentes brillaban las risas y los llantos, llegaban nítidos los susurros de imaginación, que como notas musicales me perseguían en una noche de insomnio.
Entonces los vi; cuerpos de adultos que se movían por impulsos olvidados. Algunos subían al tren, otros esperaban. Aquella espera era la codicia de muchos que habían renunciado a sus sueños. Cuerpos trajeados bailoteaban un valse enfangado por la avaricia y las convenciones sociales. Entonces el pasajero que se sentaba al frente mío, al levantar su diario me mostró involuntariamente la noticia de un niño desaparecido. El periódico mostraba una cara inerte, de un niño de unos 6 años de edad, su mirada mostraba el reflejo de la tristeza. ¿Era la mejor fotografía del infante que sus progenitores podrían anunciar en la prensa?
Aquello me revolvió de mi asiento, de un salto me levanté y salí al pasillo del tren a caminar. Allí, tras las ventanas seguía la muchedumbre en marcha fúnebre, o al menos, eso a mí me pareció en aquel instante. Lo más lúgubre de aquello era pensar que aquellas figuras que ahora se expresaban como maniquíes que intentaban vender cualquier cosa, antes habían sido niños. ¿Acaso alguno volvería a soñar con ver crecer la hierba en los campos baldíos de su infancia?, ¿Recordarán con amargura el dolor de la enemistad recién fundada? ¿Se estremecerían como con el roce del primer amor? ¿Volverían a bailar en la oscuridad de la noche, confundidos en sueños de esperanza? ¿Acaso correrían descalzos tras el `pájaro de la ignorancia, sin reglas, sin convicciones infundadas por banales deseos de enmascarar la tristeza, el llanto o la risa?
Estaban perdidos, como aquel niño del periódico, muchos habían olvidado como volver a ser felices, la mayoría no sabía cómo regresar. En algún momento de mi viaje, yo me sentí igual, pero al menos, cuando no me queda otra cosa, intento tener los sueños de un niño.

viernes, 26 de agosto de 2011

Un expresso por favor

Bajando del tren en aquella estación lejana entré en la ciudad dónde los colores pasan raudos buscando un recuerdo de lo que fueron. Caminé por aquellas calles de aire colonial, manchadas de manos que clamaban justicia por pasados y presentes fracasados. Ciudad viva en todas sus esquinas, dónde hasta el medio muerto tenía algo que decir. Voces de protesta sumergidas, ahogadas por la indiferencia y  que no sabiendo nadar por aquel mar de globalidades gritaban por sus derechos malogrados. En aquella ciudad, en una esquina encontré el Café de París, burbuja cultural que viajaba a la memoria del viejo mundo, dónde un mate de coca cuesta el doble que en otro lugar, dónde la música suena a Joaquin y a Serrat, y un expresso cuesta igual que en los demás bares, una balanza justamente desequilibrada para que los que no degustan el café colonial se queden en las plazas orando y buscando resquicios de debilidad entre las corazas de la burocracia dominante. A un paso entre la nostalgia y la esperanza pedí al camarero: un expresso por favor- y después un mate de coca para quitar el mal sabor-.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Imperfecciones

Con una representación de baile y una chica en la memoria y acostado en el asiento del tren contemplaba signos de belleza en rincones maduros de experiencia, pero había también bailarinas y cortadillos exponenciales que mostraban sus artes aprendidas, verdes en todo caso, exacerbando sus dotes, se mostraban alegres, impetuosos, y un técnico en arte diría que estuviera sobrevalorado, yo diría que aquella muchacha exageraba sus dotes de impaciencia con una gracia natural que hacía de lo imaginado un lenguaje. No quisiera yo llegar al culmen supremo de lo perfecto, existiendo matices que muestran el arte de lo imperfecto. Cuando por no quererlo y más sentirlo una pincelada de más redunda en impresionismo, cuando un acorde de menos resulta romanticismo, cuando la inmortalidad se vuelve belleza en un instante, sólo por ser efímero entonces resultó algo real. ¿ Fue el amor algo real? que más da, fue algo efímero, lo que importa es que fuera veraz y valiente, mirando a los ojos a la muerte, sabiendo que lo que vivió sirvió para algo.
 

lunes, 23 de mayo de 2011

Arrugas

En frente mi asiento se había sentado un hombre bien entrado en años, como se suele decir eufemísticamente. Este hombre hablaba de historias, cuentos de su vida reflejados en sus expresiones. Cuando su boca reflejaba una risa, su cara hablaba de tristeza, cuando su cara recordaba momentos felices su sonrisa se mostraba melancólica. Es lo que ocurre cuando llevas en tu rostro tu vida tatuada por cordilleras de emociones, es lo que pasa cuando has aprendido a llorar y amar pero nunca has sabido como controlar eso. ¿Cúanto aprendí de aquel hombre? no lo sé aún en realidad, te lo diré cuando sea como él, viejo como el mar, pero siga siendo un niño, expuesto a la marea de las horas en la playa del olvido, jugando a soñar tras recuerdos fracasados y jugando a volverlos a vivir en realidad, uno por uno, arruga tras arruga. 

martes, 17 de mayo de 2011

Chocolates y caramelos

Como cualquier día normal entraban y salían pasajeros, pero aquel día entraron dos hombres trajeados, repartían ideas panfletarias, hablaban de ideas visionarias. Pensé que eran gemelos, el de la izquierda hablaba de lucha de clases desde el salón rico de un palacio rojo trasnochado y el de la derecha hablaba de libertades económicas, del padre bueno y del hijo malo, de elefantes azules y turbantes mojados. Ambos sonrientes, ambos enfrascados en juegos de palabras que no entendían, verborreaban sin cesar sobre libertades augusteas, regímenes perfectos ideados en laboratorios pasados. Se les veía acomplejados, en ocasiones se cruzaban miradas y palabras de desprecio, calculaban el momento de reir y también el de gruñir. Uno de ellos se me acercó y me ofreció la democracia, -una democracia con participación! me dijo. Con lo que le contesté: aquí no existen los discursos desde el púlpito, ni el vagón de primera clase, somos viajeros que no nos aferramos a colores o equipos, conversamos, leemos, escuchamos y cuando podemos soñamos. Pero no necesitamos profetas de corbata enjuta, líderes de sobremesa con pata de palo. Reparte libros, verdades y sueños. Y guárdate tus falacias, no me comprarás con regalos, no quiero más chocolates y caramelos, sólo quiero la verdad, si es que alguna vez existió.

lunes, 16 de mayo de 2011

El eco

El clavo de la cama se había soltado, y se movía a cada paso del tren, no podía dormir. Era como dormir despierto, soñaba con volverlo a ver en su sitio, junto a mí, en esas noches eternas, juntos como si fuéramos uno. Disfrutar de las pequeñas cosas, reírnos de la muerte en su cara, robando tiempo al reloj. La ausencia de la amistad era como la cama sin el clavo, era como un eco sin montaña, la risa caía en saco roto de recuerdos lejanos.
Recuerdo aquel día, tumbados contra el asfalto pobre y frío, cuando nos sentíamos los amos del mundo, aquellas pequeñas cosas eran grandes para nosotros, sin nada que pedir, sin nada que necesitar, solo oír y escuchar, el eco en la montaña, nada más.

martes, 10 de mayo de 2011

El extranjero

El extranjero del tren era un "vagamundo", soñaba siempre con países ajenos. Cada mañana despertaba y no recordaba dónde estaba, eso le fascinaba. Hablaba mil lenguas, pero no de las que se hablan, sino de las que se escuchan. El extranjero andaba, corría y volaba tras las ventanas, siempre se adelantaba al maquinista, soñaba siempre con la próxima parada. Un día le pregunté sobre su país, me dijo que nunca lo había dejado, creí que bromeaba. El extranjero vivía de las historias de otros, porque las hacía suyas. Cuando hablaba ya no sé si contaba historias reales o imaginarias, él las vivía todas. 
Mi país es el tuyo también. Mi país va conmigo, porque mi tierra es el camino. Por eso yo pensaba que tú eras el extranjero, en realidad todos los somos, ¿cuál fue la estación de dónde partí? eso es otra cosa, un día pienso volver, sería un hermoso destino, me dijo.

lunes, 9 de mayo de 2011

Lluvia






Las gotas de lluvia crearon la vida en el planeta
entonces era una lluvia virgen, 
ahora se estrellan en la ventanilla del tren

Guardan la memoria de años pasados.
La lluvia ha visto crecer y morir la hierba, 
ha caído en montañas de arena, ha moldeado los ríos
ha bailado con los mares, ha dominado el tiempo
ha inundado ciudades donde ha quitado vidas
 y en el bosque las ha dado

Salvaje y primigenia, suave o enfurecida,
sigue siendo la misma lluvia,
la que curó a la tierra quemada
la que fue fuego, vapor y también hielo
en una vida cíclica e inmortal 
cuando lloran las nubes mueren las lágrimas
 lágrimas de felicidad al caer en tu cuerpo. 

domingo, 8 de mayo de 2011

El boulevard

        Sofía y yo hablamos durante horas. El tren se detuvo, tenía que pasar la tarde y la noche en la ciudad. Nos conocíamos hacía poco tiempo y le pedí que me acompañara, ella se sonrió duditativa. Entonces le dije que se imaginara a sí misma veinte años más tarde, casada, que imaginara como se marchitaba su relación y como pensaba en todos aquellos posibles amores que hubiera tenido hace veinte años. Sin que me faltase el descaro, le dije que yo podría ser uno de ellos. Viniendo conmigo hoy, ya no tendrás que preguntarte como hubiera podido ser, le dije. Se rió.
      Nos bajamos juntos del tren, entramos en aquel bar de jazz, admiré sus ojos entre un eterno silencio en aquel bar de la plaza, caminamos hasta el boulevard, allí nos paramos de pie mientras la observaba como un niño que mira su regalo de Navidad, recuerdo que su sonrisa me desvelaba historias sin contar. Aquel beso duró unos segundos, pero aún puedo sentirlo. Volvimos a la estación cuando el sol salió rasgando los tejados de los edificios. 
    Recordaré siempre aquel boulevard dónde dejamos el corazón pinchado y los ojos cerrados dueños de nuestros sueños. 

sábado, 7 de mayo de 2011

Nube de electrones

         Aquel era un tren viejo como el recuerdo, tenía ventanas que escondían secretos mal guardados, me asomé una tarde por la cafetería, y allí sentado tras los cristales en movimiento bañados por una sinfonía de agua desbocada, escuché unas notas de música. Eran unas notas pesadas que comenzaban a bailar mirando a todos lados. Aquella música se sucedía como una montaña en movimiento, era como si dos melodías lucharan por la supremacía. De pronto, la cadencia contenida se paseaba recreándose con notas pausadas que hablaban desde las entrañas, nunca había escuchado algo tan bello. La melodía iba subiendo conteniendo la emoción, podía ver con claridad recuerdos de melancolía arrastrados por los sentimientos más mundanos. La fuerza de aquel concierto de piano te arrastraba por rincones que nunca había imaginado conocer, se preparaba sin miedo para alardes de grandeza con una sencillez que ofendía a la ciencia. 
         Mientras tanto, leía un libro viejo y mugriento sobre la teoría del átomo, leía que la mayor parte del átomo son vibraciones, y que alrededor del núcleo existe una nube de electrones. Aquella música era como mi nube de electrones que me mantenía atado al mundo, vibraciones que te hacían sentir el tacto frío de la mesa o saborear la realidad y el recuerdo de la última calada que le dí al cigarrillo, convirtiéndolo en algo poético, más de lo que es en realidad, aunque la diferencia entre realidad, ciencia o ficción, en este momento no me importe mucho.

viernes, 6 de mayo de 2011

Esta noche las calles son nuestras

Hey Vladek, ¿cómo vas?- le dije.
 ¿Has visto las piedras? El viajero se crea a sí mismo. Va en su búsqueda, atento. No intentes escapar de tu mente, hay quién dirá que estás distraído, hay quién creerá que no lo escuchas y otros que no los entiendes. Sigue allí y escucha el latir de tu corazón, si escuchas bien verás como acompañará tus pasos, dijo él. 
¿Qué piedras? pregunté.
Allí lejos, bajo el sol decadente, o bajo la luna brillante verás piedras que te estorban el camino. No creas que son diferentes a otras, todas son iguales, todas cumplen su destino, ser ellas mismas. Y tú con ellas, aprender. Un paso a izquierda o o la derecha, atrás o parado contemplando el cielo, cada piedra te enseñará cuál es tu camino, no las desprecies, pues sin ellas no serías tú. Y cuando dibujes en tu cara una sonrisa al tenerlas en tu recuerdo, entonces hallarás tu camino y estarás más cerca del Unicornio amigo. El tren ha parado, esta noche  las calles son nuestras, vamos a dar una vuelta. 

miércoles, 4 de mayo de 2011

Insomnio




Aquella tarde era fría como el sabor de los cristales bajo la oscuridad. No podía dormir. Me levanté y dí unos pasos por la oscuridad. Entonces la vi, de pié bajo una luz tenue, hablamos del viaje, y entonces salimos a pasear por un pasillo interminable que no tenía fin. Vimos el paisaje enrojecerse antes de que sol se despidiera de nosotros, subimos las escaleras del recuerdo pensando en viajar a lugares ya olvidados. Dicen que Morpheo batía las alas rápida y silenciosamente, permitiéndole ir volando velozmente a cualquier rincón de la Tierra. Así se encargaba de inducir los sueños de quienes dormían y de adoptar una apariencia humana para aparecer en ellos, pues yo creo que Morpheo sentía celos de mí por no se acercó a mí cuando yo estaba con ella. Nos sentamos en la cafetería del tren, éramos como dos vagabundos sin nada que pedir, sin nada que necesitar. Por un momento pensé en el Unicornio, pero se esfumó de mi mente tal y como vino. Ya, a altas horas de la noche, el insomnio se había vuelto mi almohada, tenía una copa de vino, un cigarillo y su compañía, no necesitaba nada más, ¿así quién necesita soñar?

martes, 3 de mayo de 2011

El joven viejo y el viejo joven

Sentado en el vagón del tren, estaba degustando un vaso de vino barato. El sabor se clavaba como una espina en la memoria, le iba cogiendo el gusto..tras el segundo trago sabía mejor. En frente se había sentado un joven que hablaba de sables y utopías(1). Hablaba de sueños sin retorno, de noches sin luna, de acantilados sin fondo, de una tierra yerma de amores fraternos, sonaba muy triste. Y de repente recordé aquello que escuché una vez en boca de un viejo que era joven. Éste hablaba de esperanza, hablaba de cruzar ríos, de subir montañas, de comer más helados y menos habas(2). Hablaba de desterrar los viejos fantasmas del pasado, de levantar el puño y soñar en noches con luna, volar en acantilados junto al océano radiante dónde su pueblo se bañaba. Hablaba de amores fraternos.
 Y pensé cuán viejo era este joven, y qué desgracia de su vida cuando se dé cuenta que la vida empieza cuando comienza la esperanza.



(1) VARGAS LLOSA, M. : Sables y Utopías
(2) de José Luis Borges
Imagen de la película "Into the Wild"